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Las ataduras de la conciencia medieval
Libertad y soledad
El tema desarrollado aquí es el análisis de dos conceptos ausentes en la vida cotidiana de la E.M.: la libertad y la soledad. Cuando se buscan los factores culturales que determinan la estructura social de este gran período; cuando se van estudiando por separado, uno por uno (sin abarcar nunca, por supuesto, la totalidad), se llega a visualizar que detrás de los llamados “tres órdenes” –clérigos, guerreros y campesinos–, aparece la imagen del hombre atado. No importa a qué orden pertenezca éste, su individualidad desaparece en la misma estructura social en la que existe. Y en semejante estado, su conciencia es incapaz tanto de realizar su libertad como de vivenciar su soledad.
Qué elementos de la cultura actúan para que este hombre permanezca atado, es el tema desarrollado aquí con la ayuda de la bibliografía referida.
Conceptos y aclaraciones
Todavía hace falta determinar el origen de la libertad y la soledad, para que los términos se definan por sí mismos. Tanto una como la otra aparecen cuando la conciencia de la existencia individual –el ser separado del mundo, el estar aislado–. Incluyen el sentimiento de insignificancia, la duda sobre el significado de la propia vida y el papel en el universo –la problemática filosófica universal–.
Después de haber analizado varios detalles de la cultura occidental en la Edad Media, se sugiere aquí como ejercicio la búsqueda de un denominador común en élla. Es necesario recalcar que éste apunta estrictamente a una cuestión cultural, tratando de subordinar los aspectos económico, religioso, político, etc. Además, para poder justificar la hipótesis, es posible que se cometan algunas generalizaciones en aspectos que corresponderían estrictamente a la Temprana y Alta Edad Media. Si se toman en cuenta particularidades como la crisis en las ciudades, en los últimos siglos, y los fenómenos sociales que se engendran, las variables de análisis se modifican sustancialmente.
Por otra parte, la resumida respuesta que se desarrolla en esta nota no pretende ser unívoca, y está estrechamente referida al concepto que tenemos hoy de individuo, muy diferente del que se tenía en la Edad Media. A grandes rasgos, y saltando ciertos ámbitos particulares, se puede proponer que la sola idea de individuo no era necesaria en esta estructura social: era tal la pertenencia del ser humano a su grupo (por no decir “clase”, término acuñado muy posteriormente) y a su lugar, que éste y su universo eran una misma cosa. No había razón para separarlos. Pero ésta no es cuestión a desarrollar aquí, sino tan sólo aclaración.
Finalmente, tanto esta falta de individualidad como la ‘ausencia’ desarrollada en el tema global de la nota, son ideas perfectamente aplicables a la historia universal en sí, y sobre todo cuanto más nos alejamos en la línea de tiempo que nos remonta al pasado. Lo notable es ver cómo esta conducta de la especie humana se sustenta y permanece en este ámbito, y por qué motivos.
El nudo más efectivo
Ahora tómense en cuenta las restricciones más manifiestas que le impiden al hombre de la E.M. dicha libertad. Aparece la necesidad de éste de subordinarse a un poder exterior a él mismo, de su necesidad de someterse a un orden. Aparece, por sobre todo, la religión cristiana. Al estudiar este tiempo, a medida que se transitan los textos, uno va cobrando conciencia de la increíble efectividad que desarrolló la iglesia, y la profundidad que tuvo su mensaje –y lo más movilizante: los innumerables y muchas veces lamentables residuos culturales que pueden leerse tan vívidamente en la actualidad, en tantas conductas y discursos–.
Lo primero a tomar en cuenta es que gracias al cristianismo, en la esencia de la idiosincrasia medieval siempre operó la idea de que el espíritu es prisionero del cuerpo.
Además, entre otros muchos elementos sumamente explícitos de los que se valió el cristianismo para someter a todo el universo medieval, se encuentra la presencia del trasmundo, saturando toda la concepción de la vida y el problema de la conducta. Cuando José Luis Romero habla de este trasmundo, no se refiere sólo al mundo después de la muerte, sino también a ese mundo fantástico, de leyenda, a la figura representada en el ‘bosque’ (elemento residual muy presente en la literatura infantil).
Otro elemento fuerte fue el uso de la culpa, que posibilitaba el control a través de la penitencia y la confesión. El hombre medieval nunca está solo, pues la presencia del clérigo al que debe confesarse lo persigue hasta en los sueños. Se encuentra claro ejemplo de este recurso en los modelos femeninos determinados por los clérigos –la construcción del culto a la Magdalena, prostituta arrepentida y ejemplo accesible de salvación–.
Sin embargo, la iglesia también es responsable de la presencia de lo divino en la vida cotidiana, que liberaba al hombre del sentimiento de soledad que se definió anteriormente: su universo estaba explicado, no había espacio para la duda.
La sexualidad y la mujer
Es indudable que, en la sociedad occidental, el sexo es, aún hoy, un gigantesco tabú. Una cuestión prohibida cuya negación engendra, vale decir, la hipocresía y otros muchos monstruos deformes que atosigan las relaciones. No hace falta profundizar en estudios para adivinar que la Edad Media ayudó mucho a dilatar esto. Una barrera de costumbres que trascendía las tres capas sociales, impedía la comunicación entre los géneros, acentuando sus diferencias, y promoviendo en el hombre una misoginia innatural. Además, la iglesia no concebía el amor en el matrimonio; sólo acercaba una noción de afecto, atendiendo a la necesidad de unión sólo como medio de procreación y ubicando así el sexo por placer en el plano de la culpa.
Esto sólo por nombrar algo de la responsabilidad que tiene esta institución en el asunto. Se podría ahondar más en los manuales de confesión o tratados de teología moral de los que habla Flandrin en su estudio sobre la vida sexual matrimonial.
La muestra más contundente de la inexistencia de libertad en la conciencia medieval es la función de la mujer. Más allá de los distintos modelos de cada grupo social, la mujer nunca podía ser dueña de su existencia; pertenecía al padre, o en su defecto al esposo, o aún a la iglesia en el caso de las monjas. Sus señores escribían manuales sobre comportamiento para asegurarse los códigos de la sumisión femenina. Incluso cuando en la Baja Edad Media se instaló el modelo del amor refinado en las cortes, la mujer, en apariencia dueña de la situación, también era dominada por el modelo de relación, y sólo configuraba el papel de ‘presa’ en la cacería. Sólo dominaba el aspecto lúdico de las formas.
La pertenencia al grupo
Analizando el origen del modelo de amor refinado, aparecen en escena las fiestas obligadas que celebraba la aristocracia señorial, fruto a su vez de la permanente necesidad de reafirmar la pertenencia al grupo privilegiado y marcar la distancia respecto del villano.
Estas fiestas, estas infinitas obligaciones y contratos, estas enmarañadas relaciones de vasallaje son también claro ejemplo de la ausencia de libertad. En este caso, en una clase de poder, lo cual pone de manifiesto hasta qué punto el orden social enquistado perjudica al ser humano como especie. Como soporte, subyace la conciencia del linaje, de raza, que aleja aún más al hombre de su conciencia de individuo. Pero también aquí encontramos resuelta la cuestión de la soledad, pues el ser humano no experimenta angustia en tanto su entorno social le reconozca su lugar.
El nudo a la tierra
Duby habla de los orígenes de esta era, y dice que las dos sociedades que la conformaron, la de los invasores y la de los indígenas, eran rurales, esclavistas, y dominadas por fuertes aristocracias. Huelga demostrar entonces la ausencia de libertad en las clases humildes de la Edad Media. Basta con tomar en cuenta que en esta sociedad basada en el reinado de la fuerza y la desigualdad jurídica, el sentimiento cristiano –léase sometimiento–, se acrecentaba fácilmente, hasta llegar incluso al deseo de morir por la fe, para tener un panorama. Por no hablar de las obligaciones que contraían campesinos y villanos como arrendatarios y las exigencias tributarias con las que convivían. Pero es indudable que también esta capa de la sociedad tenía resuelta la cuestión de la soledad; la naturaleza y la religión funcionan como su madre.
La bisagra y el hilo
Ante la presencia de todos estos dispositivos reforzando incansablemente la inmovilidad de las estructuras medievales, no es de extrañar entonces que sea el mercader errante la bisagra que prepara al mundo occidental para un nuevo escenario. Se podría aventurar la idea de que es éste el único elemento de la sociedad que se construye incluyendo la idea de libertad. Y son justamente su movilidad, su capacidad de adaptación y su nueva idiosincrasia los dientes que corroen las ataduras rígidas del feudalismo. Aparecerán otras ataduras, pero no está dentro de los objetivos de este artículo desarrollarlas.
La intención de esta nota es coser con hilo algunos elementos culturales del mundo medieval. Por detrás de la ‘fachada’ del hombre medieval, se hizo una aproximación a su conciencia; una conciencia todavía no-conciente, subordinada a un orden donde la libertad no tiene lugar en sus representaciones. Se propone simplemente repasar algunos mecanismos responsables de este fenómeno caracterológico de dicha conciencia.
Bibliografía
Borges, J.L. / Vazquez, M.E. - Literaturas germánicas medievales - Falbo Librero, 1965
Dalarun, Jacques - La mujer a ojos de los clérigos - Taurus, 1992
D´Haucourt, Geneviéve - La vida en la Edad Media - Panel, 1978
Duby, Georges - El modelo cortés - Taurus, 1992
Duby, Georges - Hombres y estructuras de la Edad Media - Madrid, 1978
Eco, Umberto - El nombre de la rosa - Lumen/De la flor, 1982
Flandrin, Jean Louis - La vida sexual matrimonial en la sociedad antigua - Paidós, 1987
Fromm, Erich - El arte de amar - Paidós, 1979
Fromm, Erich - El amor a la vida - Paidós, 2000
Fromm, Erich - El miedo a la libertad - Paidós, 1973
Le Goff, Jacques - Mercaderes y Banqueros de la Edad Media - Eudeba, 1970
Power, Eileen - Gente de la Edad media - Eudeba, 1966
Romero, José Luis - La edad media - Fondo de Cultura Económica, 1977
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